Entre dos puentes
De cómo un libro encuentra su lector
Debió ser al segundo o tercer día de nuestro viaje. En julio del pasado año, recorríamos a pie el valle del Curueño, en la montaña leonesa central, desde La Vecilla hasta el puerto de Vegarada, para descender por el valle del Torío hasta el tren de La Robla y vuelta. Cargábamos con todos nuestros pertrechos en las mochilas, haciendo noche donde tocase y caminando, calculo, a ritmo no muy distinto del de Menéndez Pidal y María Goyri cosechando romances por la piel de toro.
El viaje había comenzado bien, como Dios manda: tomando un vermú en Casa Chana, en La Vecilla, donde pudimos saludar a Julio Llamazares. No era un saludo protocolario; como cuaderno de viaje, nos servía su libro “El río del olvido”, un viaje a pie por el valle de su infancia, en el que, a fuerza de narrar sucedidos que acaecen a quien vagabundea por trochas y aldeas, en la mejor tradición del libro de viaje a pie de las letras castellanas (Giner de los Ríos, el noventayochismo, Cela, Delibes…), Llamazares introduce sin aspavientos ni heroísmos temas fundamentales, que muestran que solo desde lo local alcanzamos lo universal: la lentitud del caminar como experiencia de conocimiento profundo (del lugar y sus gentes, de uno mismo), la simbólica de descender el río desde sus fuentes (el tiempo es el río que nos lleva), el contraste entre la mirada del arraigado y la del forastero, y sobre todo, como una candela que alumbrase los pasos del viajero que regresa a la tierra natal, la irreversibilidad del pasado: el paisaje no puede recuperarse, porque una mirada jamás se repite.
Así andábamos cuando, al llegar a Cerulleda, una de las aldeas más representativas del Curueño, quisimos localizar el molino del escritor Jesús Fernández Santos (esta es tierra de escritores, como veremos), y preguntamos a un hombre que pescaba truchas en la puente de abajo. Sacado del ensimismamiento en que suele sumirse todo pescador fluvial, lejos de molestarse, atendió nuestra pregunta con esa benevolencia desapegada que caracteriza al leonés (acaso al montañés de toda latitud), y que tan familiar nos resulta a los vasconavarros (si se me permite usar el término foralista del XIX). Pronto entablamos animada y sincera conversación, mostró interés por nosotros, debimos caerle en gracia, y acabó invitándonos a pasar por su casa (a pocos pasos), donde quería hacernos entrega de algo. Ese hombre era José Bernardo Álvarez de Benito, y nos hizo el presente de su libro “Entre dos puentes. Personajes y crónicas de Cerulleda” con una única condición: una vez leído, debíamos trasladarle nuestro parecer. Prometimos hacerlo. Y aquí cumplimos.
El libro comienza con un prólogo amorosamente escrito por el hermano del autor, que funciona como zaguán introductorio a lo que vamos a encontrarnos a lo largo de las páginas que nos aguardan. El prologuista nos previene ante la tentación, siempre presente en estos casos, de caer en sentimentalismos e idealizaciones del pasado, advirtiéndonos de que la necesaria recuperación de la más entrañable de las memorias -al cabo, la de la infancia- no debe hacernos olvidar la dureza de aquellas vidas, obligadas por un orden tradicional “vetusto y miserable”. Aquel mundo se fue en silencio, “sin dar un ay”, y marchó porque dejó de responder a una realidad -la modernidad- que lo había cambiado todo; “se reveló carente de utilidad y las cosas son así por mucho que nos pesen”. Este sentimiento de incurable ambivalencia, de fractura interna, entre el pathos del orden de una infancia irremplazable por maravillosa y el ethos del progreso al que no podemos ni debemos negarnos, es reconocible también en las páginas de otros cronistas de la literatura memorialística rural (Llamazares, sin ir más lejos), como una excusatio non petita por atreverse a abordar el mundo rural de nuestros mayores con más consideración de la que exige la implacable expedición del certificado de defunción.
A continuación, el autor desgrana, como en un filandón1, hechos, anécdotas, personajes, costumbres, cuentos, paisajes, canciones, datos históricos, salidas ingeniosas y expresiones del acervo más popular, esas que solo pueden ser capturadas en la página por un cronista completamente integrado en ese mundo. Todos ellos se valen por sí mismos como relatos que fijan la atención y despiertan la emoción del lector; pero, al modo de un juego de muñecas rusas, cada relato está contenido en uno mayor, todos los relatos se entrecruzan en algún punto, como si al tirar de uno salieran enganchados, como las cerezas, todos los demás, siendo el punto de cruce un lugar en el mundo: Cerulleda. En ocasiones, se propone desmitificar la leyenda, como la pregonada hidalguía de todos los argollanos, o el mito literario de Jesús Fernández Santos escribiendo telúricamente, al dictado de la tierra, desde la galería de su molino. Hay un José Bernardo que escribe desde la memoria de la infancia, recordando un modo de vida que ya se ha perdido y del que formó parte o al menos fue testigo: el acarreo del ganado, el ordeño a mano, la siega de la hierba a guadaña, su arrastre en ese “trineo prehistórico” que era el forcao, la trilla tirada por yeguas, la leña sacada del monte a puro azadón y transportada en el carrón, los juegos infantiles, la carretera sin asfaltar, la capital lejanísima, los coches inexistentes, la familia extensa (agrupada en esa institución que es la casa), los inviernos interminables… Hay otro José Bernardo que escribe de vuelta de la capital, donde ha hecho su vida, aunque ningún verano falte a su cita en Cerulleda, abriendo los postigos de la casa que su padre reconstruyó: es el músico profesional que compila, analiza y valora las coplas populares, el entendido en historia que recurre al archivo y a la opinión docta, el humanista que abjura de una guerra en la que todos perdimos, el pescador a pluma (a la leonesa) que se preocupa por la escasez de truchas y el futuro de los ríos. Algo estamos haciendo mal. Tal vez, por ínfima que sea en el cómputo general del mundo, una de las maneras de compensar el mal que hacemos es escribir libros como éste.
Posee el autor un acreditado oído musical, también para el lenguaje. Es consciente de que la semántica no agota el valor de las palabras, y nos regala un ramillete de deliciosos leonesismos, que suenan como cascabeles: gusarapa, marabayo, moruca, forcao, forconada, apañar, la pareja, mullía, tenada, alventar, aluche, borrega, tora, turullo, estazado, aguzo, guijo, pescar a garrafa, a butrón, a la lumbre… Son los suyos excelentes relatos para ser leídos en voz alta, en reunión de amigos junto a la lumbre, pues su música es antigua (solo los modernos confunden lo antiguo con lo viejo) y trae ecos de aquellos filandones, como ya dije. La literatura nació junto al fuego, a viva voz, y el autor lo sabe.
No puede evitar mostrar, a veces y con tiento, su admiración por unas formas de organización social que, si bien desechadas por la modernidad, tal vez no han sido superadas en lo concerniente al buen gobierno (dirigido al bien común), la participación directa en las decisiones y la solidaridad vecinal, propios del sistema concejil, arraigado en lugares como la montaña leonesa, donde los vecinos basaban su supervivencia en una autarquía acompañada, apoyada en la mutua dependencia vecinal, como refleja al mencionar la recuperación en nuestros días de las Ordenanzas de Cerulleda, las más antiguas conservadas en Valdelugueros. No hallo rastro de esto en Fernández Santos, por mucho que Cerulleda sea el modelo de “Los bravos”.
Podríamos caer en la tentación de considerar el libro como un compendio costumbrista, o una aportación a la etnografía, antropología e historia de esta comarca de la montaña leonesa, y no dejaría de ser cierto. Pero quedarse ahí sería una reducción intolerable, pues lo que distingue y eleva este libro sobre el estudio y la crónica histórica es la indisimulada toma de partido, la implicación personal del autor, que siempre habla desde dentro, desde un insobornable amor a su tierra y una ternura sin límites por sus habitantes. Incluso cuando desliza alguna crítica a los argollanos (me viene a la cabeza el menosprecio histórico del leonés hidalgo sobre los pastores trashumantes estivales), la realiza sin tomar distancia, desde la comprensión de un modo de ser irrevocable. Esta mirada fundamentalmente poética del mundo de Cerulleda y del Argüello (un dejarlo ser, sin juzgarlo, sin pretender encajarlo en categorías establecidas o ajustar cuentas con el pasado), sobre los mismos motivos que, por ejemplo, provocaron el estilizado realismo social de Fernández Santos, salva el libro en mi opinión, dotándolo de una verdad propia que perdura.
Todo libro tiene su tradición. Es fácil simplificar “Entre dos puentes” clasificándolo como literatura costumbrista, o memorialismo rural. Sin embargo, sospecho que este libro pertenece a una tradición que todavía no tiene nombre. Propongo llamarla literatura del lugar que se extingue. El costumbrismo y regionalismo del XIX (Pereda, Trueba) idealizaba -bucolizaba- un mundo rural que estaba plenamente articulado, vivo, tanto como para plantar cara al liberalismo centralista. En nuestros días, queremos señalar una literatura como acto de supervivencia de un universo que ya no existe o que está eclipsando en el momento mismo en que se escribe. El libro llega demasiado tarde, y eso es constitutivo de su poética. Dentro de esta tradición, “Entre dos puentes” emparenta con buena parte de la obra del referido Julio Llamazares, con “La memoria amarilla” de Enrique Satué, “Historia universal de Paniceiros” del malogrado Xuan Bello, y la obra del portugués Miguel Torga, entre otros autores que me vienen a la cabeza. Una literatura que parte de la idea de que la única forma verdadera de universalidad parte siempre desde la raíz de lo local, del lugar propio. “Lo universal es lo local sin paredes” (Miguel Torga).
El libro de José Bernardo Álvarez de Benito es una gavilla de relatos, que ocurren en el microcosmos de puente a puente, pues, en palabras de María Castaldi (esposa de Jesús Fernández Santos), Cerulleda es “un pequeño islote entre dos puentes romanos”. Cada uno de estos relatos tiene autonomía, se yergue por derecho propio e interpela al lector desde un mundo que acaso, como la luz de las estrellas, ya se haya apagado definitivamente. Todos juntos, conforman un mapa, una geografía habitada, un nombre propio donde no pueden discernirse las fronteras entre el lugar y sus habitantes. Cerulleda.
Filandón: como se conoce en la montaña leonesa a las reuniones al amor del fuego, después de cenar, en época invernal, de familiares y vecinos para realizar labores (filandón viene de hilandón, oficio de hilar) y conversar, narrando historias que constituyen el armazón de la memoria colectiva, incesantemente renovada en la tradición oral. El oficio de hilar siempre ha estado ligado a la narración; tejido y texto comparten la raíz texere, los tejidos e historias se tejen, entrecruzando hilos que conforman una trama, una urdimbre, y ambos son inconclusos (Penélope detiene el tiempo destejiendo de noche lo que teje de día).



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